miércoles, 18 de abril de 2018

Los años de Chile (5) - Construcción de la sociedad colonial.

El Imperio Español, trayendo la alegría y el regocijo de la civilización a los pobres nativos.
El levantamiento del Imperio Español presenta una importante peculiaridad que lo distingue de otros: un cierto legalismo que le confiere un inequívoco aroma a expediente judicial mohoso, salpimentado de fragancias con toque a tinta de escritorio. Este legalismo se expresa muy bien en la fundación de las ciudades. A los españoles no les gustaba fundar ciudades de manera espontánea, vía tomas de terreno, sino que lo preferían a través de edictos decretados por la autoridad. Tampoco los vecinos se instalaban allí en donde mejor pudieran, sino que se encargaba la tarea de diseñar el plano de la ciudad a un funcionario llamado el alarife. En la ciudad, los vecinos recibían cada uno un solar; de manera adicional, muchos de ellos recibían chacras en los alrededores. Más allá de las ciudades surgieron las haciendas y estancias. Todo esto con la correspondiente telaraña de títulos jurídicos que fijaban los derechos de los vecinos, etcétera. Lástima. Con lo bonito que hubiera sido verles resolver sus problemas de deslindes vecinales y disputas sobre alcabalas y almojarifazgos a espadazo limpio.

En estos primeros tiempos tuvo importancia la encomienda, institución a través de la cual la Corona española entregaba indios a los conquistadores para que trabajaran bajo sus órdenes; el conquistador por su parte debía mantenerlos, alimentarlos y cristianizarlos. Con el paso del tiempo, empero, al ir desapareciendo los indígenas en el territorio chileno, las encomiendas fueron perdiendo peso específico, para ser reemplazadas por las haciendas, grandes latifundios en los cuales el énfasis jurídico estaba puesto más en la tierra que en los hombres trabajándola. Muchas veces, los hacendados entregaban tierras en arriendo a trabajadores que pasaban a ser los inquilinos. En Chile, la propiedad de la tierra se transformó en un importantísimo foco de poder, el cual sólo vendría a ser quebrado, y sólo hasta cierto punto, con la Reforma Agraria de las décadas de 1.960 y 1.970, es decir, más de siglo y medio después de acabado el dominio español sobre el territorio.

Esta manera de organizar la colonia chilena fue generando una cierta estructura social de casta, en la cual los conquistadores, encomenderos y hacendados se instalaron en la cima, y una extensa masa de trabajadores fueron subyugados. No es inexacto afirmar que, en muchos sentidos, la estructura de la propiedad de la tierra en el Chile dominado por el Imperio Español estaba replicando la esencia de un sistema feudal que estaba desapareciendo de manera contemporánea en la moderna España. La misma fue mantenida a través de una mentalidad racista en la que el color más claro o más oscuro de piel permitía ascender o descender en la escala social: los europeos caucásicos estaban en la cima, los mestizos algo más abajo, los indígenas casi en el fondo, y el puñado de esclavos negros que vino desde Africa, en lo más profundo del barril, junto con los mulatos y los zambos. Dicho racismo subsiste en Chile hasta el día de hoy; cualquiera que ve publicidad en la televisión abierta chilena, plagada de familias rubias y de ojos azules, pensaría que Chile es una sucursal del Imperio Alemán del buen Kaiser Wilhelm, en vez de un país en donde la abrumadora mayoría de su población ha sido engendrada por el mestizaje de conquistadores e indígenas.

Resulta interesante observar al respecto los resultados del Proyecto ChileGenómico, recopilados en el libro El ADN de los chilenos y sus orígenes genéticos, y a los cuales hemos aludido en capítulos anteriores de Los años de Chile, acá en la Guillermocracia. El mismo no sólo analizó el ADN del núcleo celular de los chilenos, sino además el ADN mitocondrial, que sólo se transmite por vía materna, y el ADN del cromosoma Y, que sólo se transmite por vía paterna. Según el ADN mitocondrial, el 85% de la población chilena tiene ancestro indígena por vía femenina. Por su parte, según el ADN del cromosoma Y, el 70% de la población rural y hasta el 90% de la población urbana tiene ancestros europeos por vía masculina. Según escriben los académicos Moraga, Pezo y de Saint Pierre, "este alto grado de asimetría para el cromosoma Y no puede ser explicado solo por la ausencia casi total de mujeres españolas durante los primeros 40 a 60 años de conquista, sino que requiere también de la exclusión casi total de los hombres indígenas de la formación de la naciente población mestiza chilena" (el libro mencionado, páginas 84-85). Por si lo anterior es demasiado críptico: la población mestiza chilena se formó cuando los españoles varones exterminaron a los indígenas también varones, y se aparearon con las indígenas mujeres. Estos sí que son cuentos de terror demográfico, y no The Handmaid's Tale, si me preguntan.

Mujer mapuche, ilustración por palnk (fuente). Hay una en el árbol genealógico de prácticamente todos los chilenos, aunque más de la mitad lo nieguen, los muy racistas.
Aquí también empezó a surgir otra característica prototípica del chileno. Siendo la colonia pobre que era, no existía la posibilidad de acumular grandes recursos, por lo que quienes estaban en la cima, no estaban tan por encima de quienes estaban por debajo; el ascenso social, entonces, era posible, aunque difícil. Lo que creó otra característica prototípica del chileno: su arribismo desvergonzado. La aspiración de todo chileno desde entonces es ascender en la escala social, ojalá sin trabajar, a ejemplo de esos primeros conquistadores que venían desde una España en donde eran patricios empobrecidos, hijosdalgos, y venían a hacerse la América probando fortuna sin tener que trabajar.

En la sociedad colonial chilena, quienes estaban en la parte de abajo en la escala social eran los indios, por supuesto. El interés de los conquistadores era capturar a tantos como se pudiera, y explotarlos hasta el límite de sus fuerzas, pero pronto la Corona tomó cartas en el asunto e intentó limitar los abusos. Un poco por algo que podemos llamar un piadoso espíritu cristiano, otro poco por el pragmatismo de impedir posibles sublevaciones indígenas, y un tercer otro poco por el sórdido lucro monetario, todo sea dicho. Este fue el origen de la llamada Legislación de Indias, la cual estaría en vigor durante todo el Imperio Español, aunque no siempre con la misma eficacia, por supuesto.

En tiempos de García Hurtado de Mendoza, su compinche el jurista Hernán de Santillán dictó lo que se conoce como la Tasa de Santillán, y que podríamos considerarla como la primera regulación laboral en territorio chileno. La misma establecía la obligación de los asentamientos indígenas de enviar trabajadores para servicio personal, principalmente en las minas; sin embargo, existía algo así como una especie de derechos mínimos para los indígenas, incluyendo límites en la edad laboral, la imposición de mitas o turnos de trabajo, y el sesmo, es decir, llevarse la sexta parte de lo producido. La Tasa de Santillán introdujo algo de humanidad en la condición de los indígenas abusados por derecho de conquista, pero no nos pasemos: la misma dependía de que las autoridades cumplieran con su deber y no hicieran la vista gorda sobre los encomenderos, algo que solía ocurrir un poco entonces como ahora y siempre. Además, sus condiciones seguían siendo abusivas, de todos modos.

Años después, en 1.580, se intentó reemplazar la Tasa de Santillán por una nueva, la Tasa de Gamboa, llamada así por el Gobernador Martín Ruiz de Gamboa. La misma estableció el reemplazo del servicio personal por un tributo en oro; asimismo, se buscó que los indígenas se agruparan en poblados, y salieran de los mismos a alquilar libremente su trabajo. ¡Neoliberalismo en el siglo XVI, señores! Sin embargo, las nuevas disposiciones no gustaron para nada a los encomenderos, que de pronto vieron como se reducía la fuerza laboral de la que podían abusar, porque los indios tenían la mala costumbre de preferir trabajar para sí que para los españoles, miren ustedes. A la larga, la Tasa de Gamboa quedó a un lado, y se volvió al sistema regulado por Santillán. Que una cosa es libertad, y la otra libertinaje, vamos.

Martín Ruiz de Gamboa con otros dos gobernadores de Chile: el Gobernador que se ganó el odio de los encomenderos intentando humanizar las encomiendas. Algunas cosas nunca cambian en Chile.
En la primera etapa del dominio español sobre territorio chileno, quienes se hicieron con los cargos y posiciones más suculentas fueron los conquistadores que arribaron con Pedro de Valdivia, y formaron un núcleo duro con éste. Lo que produjo una sorda rivalidad cuando en 1.557 llegó el gobernador García Hurtado de Mendoza, que venía con su propio séquito. A la larga, los hombres de Hurtado de Mendoza fueron desplazando a los de Valdivia, hasta el punto que el núcleo primitivo de amigos de Valdivia había perdido la mayor parte de su preeminencia a finales del siglo XVI. En general, a lo largo de la Historia de Chile, las familias que mandan han sido más movedizas de lo que se cree a primera vista, aunque conservando ciertos rituales de cooptación de los advenedizos por parte de las élites, para que los nuevos asuman los modales y actitudes rancios de los viejos. Es decir, a la élite más o menos aristocrática que se formó entonces le gustaba, y le sigue gustando hasta el día de hoy, una cierta visión social en la cual mandan quienes tienen los pergaminos, pero la fría realidad es que en los hechos, el dinero pesaba y pesa lo suyo, fuera viejo o nuevo, y acaba por ser el factor social definitivo. El gran sello para formar parte de los bienaventurados era la posesión de la tierra, pero habían otras dos fuentes de riqueza en la época.

Una de esas fuentes era la minería. El territorio chileno que los conquistadores españoles dominaban, no tenía ni de lejos las riquezas de otras regiones imperiales, pero aún así, los lavaderos de oro y algunas minas dispersas aquí y allá, arrojaban pingües beneficios para sus dueños. Sin embargo, este ciclo minero se agotó en unas cuantas décadas. Durante el siglo XVII, la minería pasó a ser una actividad secundaria en la industria nacional. Eso iba a cambiar después, por supuesto, durante el siglo XIX, pero ésa es una historia a la que llegaremos más adelante, si esta serie de posteos aquí en la Guillermocracia tiene éxito suficiente como para llegar hasta allá.

El otro camino de ascenso social era el comercio. Avispados emprendedores arribaron al territorio chileno y se dedicaron a crear rutas comerciales; entre los extranjeros aparecen menciones a personajes tales como Juan de Rodas o Guillermo de Niza, cuyos apelativos dan cuenta de lo lejanísimo de su origen. La principal relación comercial de los chilenos era con Lima, la capital del Virreinato del Perú, por supuesto. Pero también daban beneficios las rutas comerciales que cruzaban la cordillera de los Andes y arribaban hasta Mendoza y Tucumán; ambas ciudades hoy en día pertenecen a Argentina, pero en la época estaban bajo jurisdicción chilena, en buena medida porque era más sencillo llegar hasta ellas desde Santiago que desde Buenos Aires. Los hacendados se las arreglaron para hacer valer sus privilegios y bloquear el acceso de los comerciantes a posiciones políticas de relevancia, pero aún así, hubo comerciantes que se las arreglaron para ascender en la escala social. Ambos grupos se miraban con recelo: se necesitaban para producir y exportar lo producido, pero se peleaban por ser quien se llevaba el pedazo más grande de la torta.

Otro aspecto interesante de la sociedad chilena, es que en ella no prosperaron en demasía ni la esclavitud ni la trata de negros. Aunque no porque los chilenos sean buena gente, faltaba más. En realidad, la sociedad chilena era demasiado pobre para permitirse operaciones de explotación económica de mayor envergadura, por lo que no hacía falta importar tanta mano de obra. Así, aunque sí existieron esclavos durante el dominio español sobre Chile, esta institución más bien puntual, y no tuvo la extensión que alcanzó en otros dominios latinoamericanos. Y huelga decir, la importación de mano de obra negra fue también mínima, al menos en comparación a lo que sucedió en las azucareras de Brasil, o del Caribe. Por lo mismo, a diferencia de otros países hispanoamericanos, la influencia de la cultura africana en la identidad chilena es también muy limitada.

Afrochilenos protestando para obtener su inclusión en el Censo de 2.012 (fuente).
En fecha reciente, los datos del Proyecto ChileGenómico arrojaron algo más de luz sobre el problema de la población africana en Chile. En general, la proporción de genoma africano en la población chilena actual tiende a ser bajo, menos de un 3% en total. Resultaron ser excepcionales La Serena y Coquimbo, con un 4,3%, y el Norte Grande con un 3,7%, lo que es congruente con el hecho de que el grueso de los esclavos negros fueron llevados a las labores mineras de dichas regiones. De esta manera, tanto la sangre africana como la cultura que ellos portaron, tuvo una incidencia minoritaria en la formación de eso que podemos llamar la chilenidad. Bien por ellos, por supuesto.

En esta primitiva sociedad chilena, la Iglesia Católica adquirió un papel fundamental. La razón más obvia, es su rol legitimador: lo que la Iglesia Católica decía que estaba bien, estaba bien, y lo que decía que estaba mal, estaba mal. Así, la Iglesia Católica se transformó en una especie de árbitro no oficial en cualquier potencial disputa dentro de la sociedad chilena, asegurándole así un mínimo de estabilidad. También la Iglesia Católica empezó a hacerse cargo de la enseñanza, actividad en la que va a estar presente hasta el mismísimo día de hoy. En fechas más recientes, la Iglesia Católica acabará siendo de hecho un freno para la democratización de la sociedad chilena, oponiéndose a la igualdad de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio, al divorcio, al matrimonio igualitario entre homosexuales y heterosexuales... y a que Iron Maiden se presente en Chile porque son una banda satánica.

Pero, mirando a la Colonia, hay también una proyección más cínica y materialista en el rol jugado por la Iglesia Católica, en donde la misma jugó un rol financiero vital. En la época, siendo la Capitanía General de Chile un territorio en general bastante primitivo, no existía todavía un sistema bancario en forma, el cual iba a surgir recién a mediados del siglo XIX. Por tanto, el dinero acumulado no valía de mucho porque no habían mayores posibilidades de inversión. Esto explica en parte que las élites adoptaran la costumbre de concertar con la Iglesia Católica, unos contratos llamados capellanías, que consistían en pagar para la celebración de misas por el descanso del alma del potentado que testara; así, las capellanías se transformaron en una herramienta jurídica que permitió el depósito en manos eclesiásticas, de fortunas estancadas en las grandes familias. Luego, la propia Iglesia Católica invirtió estas fortunas en forma de préstamos a terceros, a veces adoptando como forma crediticia el censo, un contrato por el cual se grava un bien raíz para obtener pagos a través de los frutos que dicho bien raíz produzca; de este modo, los curas pasaron a ser en la práctica el gran banco prestamista de Chile. Esto le dio algo de dinamismo a la entonces muy estancada economía chilena.

Todos estos procesos sociales a través de los cuales iba construyéndose la sociedad colonial, corrían en paralelo a un mayor control del territorio. La relativa disminución del conflicto con los mapuches llevó a varios intentos por expandir todavía más las colonias. Algunos prendieron. Otros fracasaron, e incluso terminaron en tragedias. Todo eso quedará para la próxima entrega, la última por el minuto y hasta nuevo aviso, de esta serie que hemos titulado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

La Virgen de la Merced, por José Gil de Castro (hacia 1.815). Para españolización instantánea, ponga un cura en su vida.

domingo, 15 de abril de 2018

Fiebre de "Ready Player One" por la noche: Cuatro décadas os contemplan...

Ah-ah-ah-as-táyinalaif-astáyinalaif-ah-ah-ah-as-tayialaaaaaaaaaiiiiifffff...
Como buen chico que fue testigo presencial de la década de 1.980, era inevitable que vuestro suscriptor acabara viendo en el cine Ready Player One. Se supone que es el regreso de Steven Spielberg a lo grande, al género que le dio sus mayores glorias, la aventura ochentera, después de esa especie de precuela bastarda de Todos los hombres del Presidente que fue la estimable pero algo justita The Post. Es posible que Ready Player One sea la película justa en el momento justo, ahora que la nostalgia ochentera ha alcanzado su paroxismo con cosas como Stranger Things, el remake de It, la nueva temporada de Twin Peaks, o la banda sonora de campy Space Disco que incluyó Thor: Ragnarok. Como sea, salí del cine con una sensación rara. La de haber visto esa película antes. No me refiero al asunto del universo cibernético virtual (Tron, Matrix...) o la distopía futurista (Blade Runner, The Running Man...), sino a algo más en el aire, algo más inasible. Después, por circunstancias de vida, caí en la cuenta. ¡Por supuesto!, me dije. ¡Esta película es una nueva versión de Fiebre de sábado por la noche! Sólo que con videojuegos en vez de música disco, así como Jumanji: Bienvenidos a la jungla de 2.017 es la Jumanji de 1.995, pero con videojuegos en vez de un juego de tablero.

Ahora me toca explicar lo ya dicho, y más vale que rápido, antes de que mis lectores empiecen a elucubrar acerca del calibre del macetero que seguro debe haberme caído en la cabeza. Y eso, explicar lo ya dicho, es lo qué haré en las parrafadas que vienen. Porque tampoco creo que ambas sean realmente la misma película. Es un caso en que los parecidos son iluminadores, pero también lo son las diferencias. Y quizás, sólo quizás, este análisis en paralelo de ambas películas ayude a entender no sólo por qué Ready Player One es una película tan... 2.018, digámoslo así, sino también algo sobre el 2.018 mismo que nos toca vivir. O sufrir. A según. Por supuesto, el presente texto parte de la base que ustedes han visto tanto Ready Player One como Fiebre de sábado por la noche, y por lo tanto, estará trufado de spoilers, incluyendo el final de ambas, y sin previo aviso. De manera que, primero lo primero. Vean las películas. Luego regresan. No se preocupen, los espero.

Recapitulemos. Ambas películas se ambientan en una sociedad distópica. Una Nueva York decadente y pocos años antes de ser tomada al asalto por el Reaganismo, en Fiebre de sábado por la noche, o un Columbus (Ohio) en que el corporativismo ha engullido a la sociedad, en Ready Player One. El protagonista es un joven atrapado en una vida que no lo llevará a ninguna parte, y cuya única fuente de satisfacción es evadirse de la realidad, yendo a la discoteca a escuchar Funky y algo de música latina en Fiebre de sábado por la noche, o metiéndose a la realidad virtual de OASIS en Ready Player One; los medios cambian, pero los objetivos (o la falta de éstos) son los mismos. Poco a poco, gracias a las peripecias de la película, y en particular gracias a sus ganas de darle masculino a la chica compañera de baile en un caso o de videojuegos en el otro, el protagonista comenzará a madurar, y dejará de ser un tontón que no aprovecha a nadie para transformarse en alguien que se toma la molestia de hacerse cargo de la propia vida. Aunque las recompensas son distintas, eso sí, ya que la de Tony Manero, el protagonista de Fiebre de sábado por la noche, es algo más modesta que la de Parzival, el de Ready Player One; el primero se queda con la chica y más o menos se da a entender que se buscará la vida y luchará por su pedacito de American Dream, mientras que el segundo se transforma en el dueño de la corporación más poderosa del planeta, y por tanto, en la encarnación del American Dream a secas. En fin, detalles.

Una de las pistas que me puso en camino a esta comparación, son las críticas que ha levantado Ready Player One entre ciertos sectores. La más común es que se trata de un pastiche de referencias nostálgicas ochenteras. Es el mismo argumento que se utiliza en contra de Fiebre de sábado por la noche, que muy en el fondo sería un pastiche de números musicales. En ninguno de los dos casos, esto es correcto. La verdadera historia de fondo es la lucha de un joven hundido en una distopía, por hacerse cargo de su propia vida. Frente a esto, la música disco en un caso, y el entorno de realidad virtual basado en la cultura pop de la década de 1.980 en el otro, son ambos presentados como puro y simple escapismo para la dureza de la vida cotidiana. En ambos casos, las escenas de marras tienen un valor camp, pero esto es deliberado: la idea es justamente poner sobre la mesa el valor que estas entretenciones tienen como escapismo, pero como un escapismo pasivo, un opiáceo si se quiere. Lo único que vale algo en la vida de Tony Manero es la salida de los sábados a la disco, igual que sólo siendo Parzival en OASIS, Wade Watts puede escaparse del mundo real. Por supuesto entonces que los números de música disco y las escenas en OASIS son camp, y deben ser así: de lo contrario, perderían todo su valor como lo que pretenden ser, o sea, escapismo. Tanto los dueños de la disco, jamás vistos en Fiebre de sábado por la noche, como la gente tras OASIS, se lucran con eso, con ofrecer escapismo, de manera que mientras más camp, más chillón, más desconectado de la realidad cotidiana, mejor para el negocio. Lo que alcanza un valor metatextual para todo el público que ve una película u otra justamente por lo mismo, por el camp, claro está.

¿Rédi, playerguán...?
El camp en Ready Player One está en la acumulación estilo pastiche de referencias. Es como la escena inicial de Toy Story 3 que mezcla vaqueros y Ciencia Ficción sin complejos, o como la totalidad de las películas de Lego que han salido en el último tiempo. En Ready Player One ves al robot de Mobile Suit Gundam peleando contra Mechagodzilla mientras el protagonista maneja el DeLorean de Volver al futuro y la chica usa la motocicleta de Akira, y ante semejante bandeja de fideos revueltos, pues no pasa nada. De hecho, ése es justo el valor de evasión, la posibilidad de mezclar sin límites. No es que sea Ready Player One sea un fanfic mal hecho: es que debe ser un fanfic mal hecho para funcionar como película. Lo mismo que pasa con la música de Fiebre de sábado por la noche, que es un montón de temas de los Bee Gees, más alguna balada, más un poco de música latina, más funky metido con calzador, más Walter Murphy creando remixes de Beethoven y Musorgski, todo lo cual en realidad no junta ni pega, y de hecho la gracia era eso, para darle variedad al soundtrack... pero aglutinado por su valor camp, acabó pegando tanto, que escuchamos este soundtrack cuarenta años después, esta bandeja de fideos revueltos, y la consideramos como un bloque monolítico en lo musical. Por lo ya dicho: porque asimilado todo, queda un pastiche camp, y desde el futuro se lo ve desde esa perspectiva precisamente.

Por supuesto, ahondando más, comienzan a aparecer las diferencias, y con ellas, de manera subrepticia, las diferencias entre la sociedad actual (2.018) y la de hace cuatro décadas atrás (1.977). Una esencial es la familia. Ambos protagonistas se muestran alienados de la familia, pero el retrato que se hace de éstas es muy diferente. La familia de Tony Manero, si bien es difícil de sobrellevar, en esencia es gente bienintencionada, que no termina de comprender por qué Tony Manero no sienta cabeza. Lo que no entienden los mayores de 1.977 es que el entonces joven Tony Manero se ha comprado el sueño americano, y se pregunta por qué no le sucede a él, porque él, verán... se lo merece. En efecto, Tony Manero es casi como una versión prehistórica de los actuales millennials que quieren estudiar algo cortito y fácil y salir al mercado laboral para empezar ganando un millón de dólares, y de ahí hacia arriba, y no entienden por qué la sociedad se ríe en la cara de ellos, como si ellos aparte de ser, digamos, especiales, tuvieran además que demostrarlo, faltaba más. La familia de Wade Watts en Ready Player One, en cambio, es más disfuncional. Sus padres están muertos, de hecho, y su tía, que lo ha adoptado, se mete con un perdedor abusivo tras otro.

De manera muy interesante, en Fiebre de sábado por la noche observamos la brecha generacional entre la generación de la Segunda Guerra Mundial que en 1.977 ya eran maduros padres de familia, plenos de un sentido de la responsabilidad para con la decencia, el mundo y la sociedad, y los baby boomers que después iban a alimentar las filas del Reaganismo liberal corporativo, que hoy en día todavía padecemos. En cambio, en Ready Player One no hay brecha generacional: el mundo entero se relaciona a través de los videojuegos, y en los mismos pueden encontrarse padres e hijos... o padrastros maltratadores e hijastros maltratados. O la realidad virtual como gran nivelador, uno en donde desaparecen las diferencias cotidianas en beneficio de una democracia, o de una meritocracia basada en ser el mejor jugador, aunque una democracia o meritocracia de opereta en que al final no se juega nada que sea socialmente significativo, porque todos los premios son también virtuales, o sea, de mentira. En Fiebre de sábado por la noche, ese gran nivelador es la discoteca, a la que, empero, los mayores ya no tienen acceso; lo más cercano es cuando lo hace el hermano que es sacerdote tránsfuga, y los resultados son tan ridículos como cabe esperar.

También ha cambiado la relación con los amigos. Tony Manero se valida a través de su círculo de amigos. En realidad, todos ellos son unos patanes resentidos porque han sido dejados a la vera del American Dream, lo que los ha convertido en hedonistas e individualistas incapaces de mirar más allá de sus narices. Si pasársela bien significa violarse a una chica que es su media compañera de farras, como en efecto pasa casi al final... bueno, la violan, y ya, qué tanto puede ser el problema. El efecto colateral es que todos los amigos se refuerzan entre sí, y al final, para madurar un poquito, Tony Manero debe en efecto dejar a un lado sus amigos tóxicos. La trayectoria vital de Wade Watts respecto de la amistad es justamente la contraria. Wade Watts, que en efecto parte sin amigos en el mundo real, sólo posee camaradas de combate en la realidad virtual de OASIS, y su proceso de maduración funciona exactamente al revés: debe aprender a socializar, a profundizar sus relaciones con otras personas, y finalmente, hacerse parte de una pandilla que sea la suya propia, tanto dentro del entorno virtual en donde todo son máscaras y mentiras, como en la vida real.

En la disco, esta noche. Groovy.
Todo este proceso de maduración pasa también por una especie de doble identidad. Un tanto aguada en el caso de Tony Manero, eso sí. Porque Tony Manero de día es un perdedor que trabaja como vendedor, un trabajo que es un callejón sin salida, en realidad, mientras que de noche es el rey de las pistas de baile. Tony Manero juega con dos roles distintos, pero éstos no llegan a ser dos identidades separadas. Wade Watts, por el contrario, es un perdedor que, según vemos, ni siquiera parece estudiar o trabajar, en la película por lo menos porque a saber en la novela original; Wade Watts es un sujeto tan anodino que para ser alguien en el otro lado, debe adoptar una identidad distinta, la de Parzival... aunque eso es justo lo que hace todo el mundo, porque OASIS se alimenta de eso, de los perdedores del sistema, lo mismo que la discoteca de Fiebre de sábado por la noche. Por supuesto, un punto importante de la historia es que todos adoptan identidades secretas en OASIS, por motivos de seguridad. Cuando los villanos descubren que Parzival es Wade Watts... pasa lo que pasa. Claro está, hay una diferencia respecto de lo que hay en la estacada: el control del más poderoso universo de realidad virtual en un caso, versus apenas un titulillo en la pista de baile en el otro.

Hasta el momento hemos visto que ambas películas siguen más o menos el mismo patrón, aunque con las consabidas diferencias producto tanto de la temática elegida, música disco versus videojuegos, como la época misma en que cada película fue estrenada. Pero aquí es en donde viene la divergencia más grande entre ambas. Porque en un caso, el triunfo final de Tony Manero pasa por expurgar los elementos más tóxicos de su vida, vale, pero sin que el sistema alrededor cambie en lo fundamental, mientras que en el caso de Parzival, su triunfo final pareciera implicar una revolución que, se supone, debería cambiar el sistema. Es un se supone, por supuesto, porque en un análisis más detallado, parece poco probable que llegue a ser el caso. Veamos esto más en detalle.

En Fiebre de sábado por la noche, el sistema es monolítico. Es tan grande, vasto, enorme e impersonal, que un triste infeliz como Tony Manero consiga llegar a cambiarlo en beneficio de los perdedores, es lisa y llanamente imposible. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Acumulando un capital con el cual pueda empezar a hacer activismo social? ¿Votando cada cuatro años? ¿Movilizando a los pobres diablos que son sus vecinos, familiares y amigos? Difícil. Su muy modesto objetivo es ganar un concurso de baile, y de paso, ligarse a la chica guapa que tiene por delante. Al final, todo acaba en lo que acaba. Tony Manero madura, pero madurar significa que, de alguna manera, debe asimilarse al sistema y aprender a vivir dentro de él y con sus reglas, por lo que al final el sistema acaba triunfando, suponemos que triturando las vidas de otros desgraciados que como Tony Manero, pero sin su misma suerte. O sea, al final todo sigue igual. Pero, ¡hey!, todo está bien porque Tony Manero se queda con una chica que está claramente por encima de su nivel, ¿no? Es un final deprimente, si se lo examina bien. Por supuesto, después viene la secuela, la película Staying Alive de 1.983, en donde vemos que Tony Manero sigue siendo el mismo desgraciado de siempre, sólo que ahora lucha por triunfar en Broadway. O sea, Tony Manero sigue ascendiendo en la escala social, pero su proceso de maduración es, cuando menos, atrabiliario, toda vez que se evidencia que el sello para triunfar no es ser buena persona o tener valores, sino eso que alguna vez acá en la Guillermocracia llamamos ser un irresponsable personal, o sea, un tipo que cumple en la parte laboral, aunque sea un cretino como ser humano.

En Ready Player One, las cosas parecen ser distintas, en un nivel superficial por lo menos. Porque en la película, el protagonista de hecho se embarca en una cruzada para impedir que un poderoso gigante corporativo, representante de un capitalismo fordista y deshumanizador, se haga con OASIS. Y lo logra. El mundo, queda implícito, parece haber cambiado. O sea, es una película completamente distinta, ¿no? Sí... pero no. Porque todo parte con un arreglín en la premisa de base. Wade Watts, desde el día uno, jamás ha tenido el poder necesario para cambiar el sistema, y sólo lo logra porque alguien desde arriba, desde el corazón mismo del sistema, ha dejado entreabierta la puerta: el creador de OASIS, una vez muerto, ha dejado un easter egg que le dará a quien lo encuentre, todo el poder de OASIS. Es como Rocky, la película de 1.976, en donde vemos a Rocky Balboa tener su oportunidad en un millón plantándose frente a Apollo Creed, pero en un análisis más detallado, eso es porque Apollo Creed mismo ha dejado entreabierta la puerta, y de hecho, a Rocky Balboa le llega la oportunidad de pura chiripa. Sí, vale, tanto Rocky Balboa como Wade Watts tienen mucho coraje y espíritu, pero uno puede preguntarse qué tan lejos habrían llegado si no hubieran tenido esa ayudita desde arriba... desde el mismísimo sistema al que ellos pretenden doblarle la mano para llegar a ser quienes quieren ser, o sea, los reyes del gallinero, los capos de la famiglia, los Ubermenschen, etcétera. El easter egg es lo que Wade Watts tiene por delante, y Tony Manero no, y eso hace toda la diferencia en cuanto a armar una revolución que cambie a la sociedad, etcétera.

Futurismo distópico devorado por las grandes corporaciones.
También ayuda la relación de ambos con sus chicas. En el caso de Wade Watts, la chica acaba revelándose como una miembro activa de la rebelión. Por supuesto, al comienzo para Wade Watts todo se trata de una búsqueda asombrosa, por ser el mejor, puro espíritu Pokemon aquí. Sin embargo, algo de conciencia social empieza a contagiársele desde la chica, porque si algo nos ha enseñado este subgénero de Hollywood, es que la conciencia social se propaga como enfermedad venérea. En el caso de Tony Manero, la chica no es una rebelde contra el sistema, ni mucho menos. Vale, tiene un cierto nivel cultural, uno bastante superior al bruto de Tony Manero, pero no lo usa para hacer activismo de ninguna clase. De hecho, se revela conforme avanza la película, que la chica hace algo tan poco rebelde contra el sistema, como ofrecer sus activos corporales al macho de turno a cambio de prebendas de orden social, digámoslo más o menos así para que salga con suavidad el asunto.

Por supuesto, los finales son lo que son. Tony Manero se queda con la chica, por un tiempo al menos porque después en la secuela no la vemos por ninguna parte, pero todo alrededor sigue igual e incluso peor, porque pasamos de la década de 1.970 al Reaganismo, mientras que en Ready Player One el protagonista le dobla la mano a la malvada corporación, y el sistema... ¡sigue ahí! Por supuesto, suponemos que los aspectos más desagradables de la corporación malvada, como por ejemplo hacerse pagar las deudas con trabajo esclavo, se han ido por el caño, pero en esencia, el futuro distópico probablemente siga como siempre, porque toda la gente sigue enganchada a OASIS hasta el punto que el protagonista debe hacerles un favor desenchufando el sistema dos días a la semana... ¿Qué ha cambiado realmente? La película quiere hacernos creer que todo, porque han triunfado los buenos, pero en verdad... en verdad... yo me atrevería a decir que, más bien nada. Que OASIS siga existiendo al final de la película es el más rotundo mentís a que la película ha terminado con la prometida revolución social: como decíamos más arriba, OASIS se alimenta de los perdedores del sistema, de manera que una verdadera revolución en forma debería haber transformado a OASIS en algo inoperante.

De hecho, en un nivel metatextual, los finales de ambas películas son similares en un punto: ambos rompen las reglas que han venido planteando a lo largo de todo el metraje, para crear salidas felices que son artificiales, pero a gusto del público que, al final, es quien paga por ver estas películas, y por lo general tiende a no pagar por finales deprimentes. En un final realista, en Fiebre de sábado por la noche no habría manera alguna en que la chica culta e instruida se quede con un bruto infeliz como Tony Manero, que se ha comportado como un chulo desgraciado con ella a lo largo de toda la película... salvo asumiendo que ella está más que un poco tocadita del cráneo y le parece que las relaciones abusivas son lo más normal del mundo, lo que tampoco cuenta como final feliz, bien mirado. Pero al final, ambos se quedan juntos. Y siguiendo con los finales realistas, en Ready Player One el villano tendría a la policía y los tribunales comprados desde el bolsillo, y al último, toda la cruzada emprendida por los protagonistas debería haber sido en vano. O al menos el villano se hubiera quedado de brazos, hubiera declarado perdida la batalla, pero se hubiera preparado para la siguiente, porque los negocios son los negocios y el dinero nunca duerme. Sin embargo, en Ready Player One, vemos que al villano lo arresta la policía, la misma que no hemos visto ni por casualidad a lo largo de una historia en donde los villanos detonaron un barrio entero, o en donde obligan a la gente a pagar sus deudas con trabajo en condiciones de literal esclavitud... Lo ya dicho, no llevemos lo distópico hasta las últimas consecuencias, o si no, nos arriesgamos a que la película no haga caja.

¿Por qué ambas películas son tan iguales, y al mismo tiempo, tan distintas? Cuestiones de género aparte, realismo social mezclado con musical en un caso, y Ciencia Ficción distópica en el otro, creo que es un tema de cómo va marchando la sociedad. Fiebre de sábado por la noche es bastante más pesimista, e incluso nihilista a ratos, mientras que Ready Player One es una distopía, cierto, pero al último, rascando la costra pesimisma por encima, acaba siendo una fantasía optimista y llena de esperanza. Por supuesto, Fiebre de sábado por la noche fue estrenada cuatro años después de Watergate y dos después del fin de la aventura en Vietnam, con la fibra moral de Estados Unidos por los suelos, y en la transición desde el cine pesimista setentero hasta los modernos blockbusters, mientras que Ready Player One es hija de una era diferente, un producto de la Era Trump, pero también de ese cierto candor alrededor de los variados movimientos sociales hoy por hoy en activo. ¿Qué dice la diferencia de tono entre ambas películas, respecto de nuestra época? Dos posibles lecturas al respecto.

How deep is your love.
Una de ellas es la más natural y obvia. O sea, Estados Unidos y por extensión el mundo occidental en 1.977 estaban en un callejón sin salida, el cual llevó de cabeza a esperpentos ochenteros como el Reaganismo, el resurgir de los fundamentalismos religiosos, la ropa femenina con hombreras, y otros horrores varios. Era imposible que Fiebre de sábado por la noche fuera más optimista porque el mundo en sí se veía así de crítico. En cambio, en 2.018, aunque vivimos un período de mareas altas en cuanto a oposición contra los valores racionales, ilustrados o empíricos, también existen poderosas fuerzas sociales movilizándose para defender el legado humanista que nuestra civilización ha construido en el último medio milenio. De este modo, aunque distópica al final, Ready Player One puede permitirse el lujo de tener un tono más optimista y esperanzado, dentro de lo suyo.

La otra interpretación es más apocalíptica, y espero sinceramente que no sea la correcta. Es la posibilidad de que en 1.977, el mundo todavía tenía arreglo. Por eso, Fiebre de sábado en la noche podía permitirse ser cínica e incluso nihilista: porque las audiencias estaban preparadas para eso, y no se les iba a ir a los suelos lo que les restara de moral. Películas así de pesimistas eran soportables porque la gente intuía que todavía se podía hacer algo. En cambio, en 2.018, estaríamos viviendo el principio del fin, luchar por los valores humanistas es una pérdida de tiempo, o peor aún, receta segura para el martirio, y por ende, Ready Player One no puede ser otra cosa sino una parábola optimista y para sentirse bien, porque en estos días, al cine no puede quedarle otra cosa sino ser evasión optimista, un opiáceo, en una era en donde la sociedad democrática ya perdió la batalla contra la irracionalidad y el individualismo egoísta, y lo último que necesitan las audiencias sería una película de realismo nihilista que les recuerde lo muy próxima e inevitable que es la caída en el abismo definitivo. Esta segunda posibilidad, lo reitero, ojalá que no sea la correcta, por supuesto.

Dejo entregado a la recta discreción del espectador, cuál de las dos posibles interpretaciones antedichas es la que tiene más visos de ser la correcta.

Disco inferno versión 1.0. de 1.977.
Disco inferno versión 2.0. de 2.018 2.045.

miércoles, 11 de abril de 2018

En Chile - "Agua".


Las oficinas centrales de la Compañía de Agua, Cañerías y Alcantarillado se encuentran ubicadas en la Torre del Dominio Hispánico, cuya construcción ha sido financiada por la Colonia Española para centrar sus empresas en un lugar único. La Torre tiene 49 pisos de altura; el proyecto inicial contemplaba 52, uno por cada semana del año, pero los arquitectos responsables se habían tomado tres semanas de vacaciones en la planificación, así es que había quedado en su cantidad de pisos actual. La Compañía de Aguas, Cañerías y Alcantarillado había pertenecido al Estado de Chile hasta que, en la oleada de privatizaciones a finales del siglo XX y comienzos del XXI, un consorcio de descendientes de gallegos y andaluces que se había despellejado los labios practicando el ritual del besamanos ante las autoridades políticas, había conseguido adjudicarse la empresa. Según las leyes chilenas, el agua es absolutamente privada; todas y cada una de las gotas de agua en Chile se encuentran concesionadas. En Chile, el agua no es un derecho humano sino un bien de mercado.

En las oficinas centrales de la Compañía, ubicadas en el segundo piso de la Torre del Dominio Hispánico, es en donde se encontraba Diego, el visitante de Noruelandia que estaba radicado a la fuerza en Chile, mientras se solucionaban los problemas legales derivados de no haber querido comer choclo.

– Usté tiene cara ‘e extranjero – dijo una señora de pelo cano, rostro enjuto y expresión un tanto apagada, que estaba en el asiento al lado de Diego, claramente esperando su turno para ser atendida. – Si, usté parece extranjero… ¿de dónde es, mijo?

– De Noruelandia – contestó Diego, con amabilidad.

– Ah, de Noruelandia… – dijo la señora, echándose para atrás con el aire de quien afecta haber entendido algo. – Mire usté… yo vengo de acá, de Lo Empiojador, no sé si usté conoce esa población… ¿Sabe que todavía no quieren darme el agua, mijo?

– ¿Y por qué no?

– Porque le debo 250 pesos a la Compañía… Mire, es que lo iba a pagar, pero, ¿sabe qué? Justo ese día mi nieto quería un chocolatín de éstos, no me acuerdo cómo se llaman, y le gustan tanto las golosinas, así es que le compré su… eso… me gasté los 250… y después fueron a cortarme el agua. Dijeron que si no los dejaba entrar a cortar el medidor, iban a volver con fuerza pública. ¿Se imagina usté, yo, una señora honrada, que trabajó toda la vida, que vengan los carabineros a tocarme la puerta…?

Sonó el timbre del número de llamado. 153. La señora de los 250 pesos se paró, y luego de despedirse con cortesía de Diego, marchó con pasos muy lentos hacia la oficinista que la atendía. Diego miró su propio número, con resignación. 198. Bien, se dijo, 35 números pasan volando…

Algunas cadavéricas horas después, llamaron finalmente al 198. Diego se sentó frente a la persona que debía atenderlo. Era una señora de edad indefinida, pero claramente señora y no joven; la expresión pétrea de su rostro pétreo era más propia de un psicópata sin emociones que de un ser humano.

– Dígame, en qué debo tomarme la molestia – dijo la señora, con prepotencia.

– Mire, resulte que vengo de fuera de Chile, a ver la situación de mi casa… y está con el agua cortada. Así es que vengo a que me la repongan. Por supuesto, lo que haya que pagar, lo pago, y…

– Bueno, va a ir un inspector a su casa, tenemos que hacer una lectura del medidor…

– Espere un minuto, lo traigo anotado…

Diego iba a sacar una libreta de su bolso, pero la señora lo detuvo con voz de oficial de tránsito.

– No, señor. Tiene que ir un inspector para allá, y revisarlo todo. El medidor, la instalación, todo.

– ¿No sólo el medidor, también la instalación? Pero es que necesito el agua ahora. Verá, vengo del extranjero, así es que solo tengo esa casa para alojarme, no tengo dinero como para pagar un lugar en donde dormir, al menos no durante muchos días, y…

– Puede hacer sus necesidades en el baño de algún mall – dijo la señora, con indolencia. – ¿No tiene un mall cerca de casa?

– No tengo por qué caminar a un mall si tengo baño en mi casa, lo único que me falta es el agua para…

– No le podemos dar el agua hasta que vaya un inspector. Va a ir un inspector a su casa…

– ¿Y puedo pagar la cuenta mientras tanto? Mire, no creo que salga mucho si el agua está cortada, yo le traigo la lectura aquí, si después sale más cuando ustedes mismos verifiquen todo, le pago la diferencia, eso no importa, pero necesito el agua… Sólo quiero que me den el agua para tener qué beber, con qué asearme, con qué cocinar…

– Por eso le digo – dijo la señora, con un tono algo petulante, más propio de un profesor enseñándole a un alumno lerdo que de un ejecutivo sirviendo a un cliente. – Va a ir un inspector a la casa, va a verificar la situación…

– ¡Pero es que necesito el agua AHORA! ¿Qué se supone que voy a beber?

– Puede comprar agua mineral en el supermercado – dijo la señora. – Va a ir…

– Señora… Por favor, entiéndame… Mi cuerpo funciona con agua… Mis riñones lo necesitan para filtrar las impurezas del cuerpo… ¡Mis células la necesitan para que mi sangre no se acidifique, y los glóbulos no revienten por la presión osmótica!

– Va a ir un inspector… – empezó la señora de nuevo, con la falta de tonalidad propia de un androide.

– ¿En cuánto tiempo más va a ir? – suspiró Diego, rindiéndose.

– Tiene usted que estar disponible entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche, durante los próximos cinco días hábiles. El inspector lo llamará cuando pueda ir.

– ¿Voy a estar amarrado en la casa y sin ir a ninguna parte, sólo por si toca que pase el inspector?

– Usted tenía que haber pagado la cuenta del agua – dijo la señora con sequedad.

– ¡Estaba en el extranjero!

– Eso no es nuestra culpa. Usted tenía que haber pagado la cuenta del agua. Va a ir un inspector…

– Eso ya me lo dijo, lo que necesito…

– Va a ir un inspector a su casa para…

– Pero es que…

– Va a ir un inspector a su casa para…

Después de haber soportado lo suyo en los días de permanencia en Chile, y ante una actitud tan robótica, Diego reventó. Agarró a la señora por las solapas, y en voz muy baja y amenazante le dijo:

– Más le vale que el inspector vaya rápido. Si voy a cumplir pagando por el agua, entonces más vale que ustedes cumplan con mandar rápido al inspector. Un cumplir por otro.

– ¡Que venga el guardia! ¡Que venga el guardia! – gritó una señora más atrás, al ver esto.

Diego se paró con rapidez, luego de soltar a la señora empujándola contra el respaldo de su asiento, y caminó a grandes zancadas hacia la puerta. Estaba a punto de traspasarla, cuando el guardia lo agarró.

– ¿Creís que te vai por tus propias patas? ¡Las pinzas! ¡Aquí a usté lo echo yo!

Y, justificando el sueldo, el guardia detuvo a Diego agarrándolo por el hombro, y luego, forcejeando, lo encaminó en exactamente la misma dirección de salida que Diego venía siguiendo por su propia voluntad. Una vez afuera, le dio un empellón y lo dejó tirado en la vereda. Y habiendo cumplido con la parte profesional del trabajo, se dio un gustito personal y le descargó medio a escondidas una patada en las costillas. Luego de lo cual se devolvió.

Adentro la señora del mesón de atención, acostumbrada a la sumisión de los chilenos y por lo tanto incapaz de reaccionar ante una prepotencia que no fuera la propia, estaba completamente choqueada, y sólo atinaba a repetir una y otra vez, como el mantra de un loco en una habitación acolchada:

– Va a ir un inspector a su casa para… Va a ir un inspector a su casa para… Va a ir un inspector a su casa para…

Ocho días hábiles y varias llamadas telefónicas a la Compañía después, llegó el inspector a la casa de Diego. Revisó el sistema con minuciosidad. Todo estaba en su lugar: el medidor, los sellos, las cañerías, todo. No había rotura de ningún tipo. La lectura se correspondía de manera exacta con la que Diego había dicho.

– Bien, voy a elevar un informe, y ahí usted va a pagar para que le demos el suministro de agua.

– ¿Y no puede ser que me den el suministro de inmediato, ya que lo necesito? Usted es técnico, ¿no?

– Primero tenemos que elevar el informe para que la Compañía nos dé la autorización. Si hay una fuga desde el medidor hacia afuera, a la Compañía le toca pagarla, así es que por eso hacen todo esto.

– ¿Así es que me han tenido todo este tiempo sin agua porque la Compañía no quiere perder dinero? ¡Pero si saben en dónde vivo, habrían podido hasta embargarme la casa si fuera por cobrar la deuda!

– Es más fácil este sistema, que irse a un juicio, pagar abogados, todo eso, ¿no? – dijo el inspector.

– Más fácil para la Compañía, claro. Pero, ¿esas pérdidas no son el riesgo de la empresa? ¿Acaso la Compañía no es una empresa privada? ¿Acaso el derecho de tener ganancias no viene con la responsabilidad de hacerse cargo de las pérdidas del negocio?

El inspector miró a izquierda y a derecha para cerciorarse de que nadie estaba escuchando. Y luego, mirando a Diego de nuevo, sonrió mostrando los dientes como un tiburón.

– Esto es Chile, idiota. Aquí las empresas nunca pierden.

Otra semana y unas cuantas llamadas telefónicas después, Diego recibió por fin el agua. Además de una cuenta en la que se cobraba una pequeña suma por concepto de un remanente de consumo de agua, más otra suma unas diez veces más grande por concepto de visita domiciliaria, reposición a domicilio, cambio de medidor, intereses, multas y recargos.

Esa misma noche, funcionarios de Carabineros de Chile visitaron a Diego y se lo llevaron detenido. Dos noches antes, alguien había colocado un artefacto explosivo en las oficinas de la Compañía de Agua, Cañerías y Alcantarillado, y debido a su pequeño día de furia en las oficinas, Diego estaba sindicado como el principal sospechoso.

Mientras Diego era interrogado toda la noche, rutina del policía bueno y el policía malo incluida, otros funcionarios trabajaban en su celular. Examinando el sistema GPS, descubrieron que Diego a la hora de la explosión se encontraba en los baños del mall a veinte cuadras de su casa, lo que descartaba su autoría. Llamaron a un técnico especialista en telefonía celular, quien tomó, miró, sopesó, olfateó y lamió el equipo de Diego… el equipo celular, se entiende… y luego lo entregó de regreso.

– Es un celular fabricado en Noruelandia. Esto es pura calidad, no podemos plantarle nada aquí para que el fiscal pique y lo mande a juicio. No es como con los comuneros mapuches – dijo el técnico.

– Está bien… suelten al gil ése – dijo el oficial a cargo, suspirando con resignación.

Respecto de la explosión en sí, no habían testigos porque había sido a la hora en que el tráfico nocturno empezaba a disminuir, y las cámaras no alcanzaban a revelar la identidad de la figura embozada que caminaba muy lentamente para dejar la bomba primero, y para retirarse después. De esta manera, no llegaron a descubrir que la identidad de la persona quien cariñosamente había saludado a la Compañía con una bomba, era la de una señora a quien le habían cortado el agua por deberle 250 pesos a la Compañía, porque había usado ese dinero en comprarle un chocolatín a su nieto. Una señora que vivía en la población Lo Empiojador, de pelo cano, rostro enjuto y expresión un tanto apagada… y profesora de Química jubilada, que había sacrificado el pan para acompañar su taza de té económico, para que su aguada jubilación le alcanzara para comprar los materiales necesarios con los cuales fabricar un artefacto explosivo como Dios y la Justicia mandan.

Próximo episodio: “Efectos especiales”.

domingo, 8 de abril de 2018

Talento para crear y para criticar.

No necesito decir de qué película es esta imagen, ustedes también la vieron, ¿verdad? (Para los cuatro despistados que nunca faltan: Es Anton Ego, el crítico de Ratatouille).
Uno de los argumentos más débiles que existen cuando se trata de un debate crítico acerca de una obra determinada, es el "si crees que es tan sencillo, entonces házlo tú". Existen variantes. "Cuando seas capaz de dirigir tu propia película, entonces critica las películas de los demás", por ejemplo. "Lo que pasa es que no eres capaz de escribir nada brillante, así es que tratas de destruir todo lo que escriben los demás", también es otra variante. Es un argumento sencillo de utilizar por varias razones. Quien lo esgrime aspira a eximirse de buscar argumentos racionales para defender una obra a la que está escudando, invalidando los títulos que pueda tener alguien para criticarla. También es un argumento destinado a extorsionar emocionalmente a los terceros, empujándolos a ponerse de parte propia con un mensaje que puede leerse entre líneas: "Yo apoyo la creación artística, yo soy el bueno, quienes critican sin crear nada artístico propio, están en contra de la creación artística y por lo tanto son los malos". Y por supuesto, algunos terceros pican porque quieren estar de parte de los santos, no todos por suerte, porque habemos quienes vemos de manera transparente a través de esta falacia. Porque eso es, no un argumento lógico, sino una falacia.

El núcleo de este argumento, o supuesto argumento mejor dicho, radica en la idea de que los propios creadores serían los únicos legitimados para criticar lo que resulta de la creación. O sea, una película sólo puede ser criticada por quienes hacen películas, un libro sólo por quienes escriben libros, etcétera. Llevado al extremo, es un argumento peligrosísimo. En otros campos, podría utilizarse, y de hecho es utilizado, para favorecer a equipos tecnócratas de amiguetes y socavar la democracia: "Los que no gobiernan, no deberían criticar al Gobierno porque no saben lo difícil que es gobernar", o "la marcha de la Economía, dejársela a los que saben, que para eso estudiaron, ¿no?". Lo grotesco de este argumento queda de manifiesto si pensamos en que, como consumidores, por lo general no tenemos idea de cómo funciona un producto; si éste fallara, ¿no podemos criticarlo porque no sabemos cómo hacer el nuestro propio? ¿Si compramos un automóvil y, por un defecto de fabricación, nos estrellamos con él y nos matamos, no podemos criticar el automóvil? Pensándolo bien, en ese caso estaríamos muertos, así es que mal podríamos criticarlo. Enmiendo. Si compramos un automóvil, y por un defecto de fabricación, nos estrellamos con él y quedamos tetrapléjicos desde el cuello para abajo, ¿no podemos entonces criticar el automóvil? Y no debemos olvidar que la creación artística es, económicamente hablando, un producto: invierto tiempo y dinero en acceder a la obra artística, y espero que la misma sea, como mínimo, decente a buena.

El problema de este argumento empieza a hacerse obvio con los ejemplos que he dado más arriba. El punto es que no saber cómo se hace algo, no significa que no pueda criticar los resultados. Yo no sé fabricar automóviles, pero si veo automóviles chocando en masa, lo mínimo que me pregunto es si los fabricantes lo habrán hecho bien. Lo mismo con el Gobierno y con los economistas. Y por supuesto, vale lo mismo si veo una película, leo un libro, sigo una serie de televisión, o admiro una exposición de artes plásticas. Puede que yo no tenga idea sobre cómo se rueda una película, o se escribe un libro, o se realiza una serie de televisión, o se pinta o esculpe una obra plástica, pero sí que puedo ver si tiene algunos valores: me entretiene, me hace pensar, tiene ciertos valores estéticos, hay un cuidado e incluso una suntuosidad en la misma. Si la obra artística no consigue estas cosas, el creador tiene un par de cosas que explicarme. Es mi tiempo y mi dinero, lo invertí, y quiero que me diga por qué el creador no cumplió con un mínimo exigible.

Si no sabes cómo construir un avión que despegue y aterrice en una pieza, entonces no critiques.
Por supuesto, esto lleva de cabeza al problema de qué es arte. A lo mejor el creador es un patán que, amparándose en el decreto de libertad creativa, ha hecho lo que se le ha salido de alguna parte de su cuerpo a elección, y yo soy el despierto que ve como el Emperador va desnudo. Pero puede ser al revés, el creador es un tipo genial y sutil, y soy yo el paleto ignorante que no es capaz de entender el entramado de la obra. O simplemente, el creador y yo, como espectador, tenemos opiniones diferentes sobre qué es arte. Vale por eso. Pero en este caso, lo que procede es el debate racional: "me parece que es artístico porque...", o alternativamente, "me parece que no califica como arte porque...". Esto es argumentar. Cuando se usa el argumento del "si es tan mala la obra, entonces haz tú mismo una", no se está argumentando en absoluto sobre la obra criticada, sino que por el contrario, se está esquivando el bulto de entrar al análisis pormenorizado de la obra. Por eso no estamos frente a un argumento de verdad sino a una falacia, es decir, la apariencia de un argumento, algo que parece o trata de hacerse pasar por razonable, pero no lo es.

Como suele suceder, es fácil desmontar el origen del problema cuando se abandona el argumento mismo y se va a las bases de éste, a la petición de principios que existe por detrás. En este caso hay una bastante significativa. El argumento de "no critiques si no puedes hacerlo mejor" parte de una suposición no confesada ni explicitada, pero que es errónea: la idea de que el talento para crear una obra artística, es el mismo que el talento para la crítica. En realidad, ambos talentos no pueden ser más opuestos. De hecho, es muy difícil que coincidan en una persona. A veces puede suceder, por supuesto, pero eso tiende a ser raro. Lo habitual es que los buenos creadores sean malos críticos, y los buenos críticos sean malos creadores. Dándole vueltas al argumento de marras, la idea básica es que "se debe ser un buen artista para, a partir de ahí, ser un buen crítico". Y no se podría estar más equivocado.

La creación tiene mucho que ver con eso que podríamos llamar la esfera intuitiva de la intelectualidad. Consiste en encontrar nuevas relaciones entre cosas que ya existen, relaciones que pueden ser incluso disparatadas. El talento del creador es conseguir amalgamar todos esos ingredientes y conseguir hornear un buen pastel con ellos, un pastel que sea todos esos ingredientes, pero a la vez sea más que la mera suma de ellos, que sea un conglomerado procesado y preparado para que tenga buen gusto y no sea pasto para la escupidera. El resultado del talento creativo es, en cierta medida, expandir la esfera intelectual, construyendo y colocando nuevas cosas dentro de la misma. Si usamos una biblioteca como metáfora, el talento del creador consiste en poner nuevos libros en los anaqueles, por decirlo claro.

Para que después los libros no anden volando por ahí... (fuente).
La crítica, por su parte, tiene que ver con la parte de la intelectualidad que se relaciona con el orden y la racionalidad. Consiste en tomar relaciones que ya se encuentran dadas de antemano, y sopesarlas, juzgarlas, y en definitiva, darles aprobación o rechazo. El talento del crítico es analítico, desmenuzando el gusto del pastel para discriminar los ingredientes y determinar si han sido bien aplicados o no. El resultado del talento crítico es, al final del día, contraer la esfera intelectual, sacando cosas de la misma que, después de evaluadas, resultan no tener valor. Si usamos la biblioteca como metáfora de nuevo, el talento del crítico consiste en sacar libros de los anaqueles y dejar espacio para que, a futuro, nuevos libros puedan ingresar a la biblioteca.

Dentro de este debate, es fácil ponernos a favor del creador y en contra del crítico. El talento del creador es bravío e indomesticado, libre de ataduras y restricciones. Tal y como nos gustaría vivir nuestras vidas, admitámoslo. El talento del crítico, por el contrario, es dócil y ordenado, que se ciñe a reglas, normas, ordenaciones, etcétera. Algo que por lo general, no suele ser popular. Piensen en qué personajes de ficción son más populares, si aquellos que viven la vida según sus propias reglas, e incluso cuando lo suyo es defender la ley, lo hacen a su modo, versus aquellos que se guían por protocolos, procedimientos, reglamentos, etcétera.

Y sin embargo, ambos talentos son necesarios para la buena marcha de la vida cultural en la sociedad. Allí en donde hay creatividad sin crítica, terminamos degenerando en una anarquía dentro de la cual, todo puede calificar para arte. Así llegamos a aberraciones como el vanguardismo en el cual arte es "todo aquello que el artista crea", o bien "todo aquello que está en los museos". Por supuesto, eso puede tener algún valor como propuesta filosófica, pero para que sea arte se requiere algo más, un cierto valor o placer estético. Cuando Marcel Duchamp le pintó bigotes a la Mona Lisa, ocasionó un terremoto, pero no nos confundamos: la Mona Lisa con bigotes de Duchamp es una soberbia y muy atrevida propuesta filosófica, pero como arte, no deja de ser un pastiche de Leonardo da Vinci, que como pintor era muy superior.

La obra cumbre de uno de los mayores genios artísticos de todos los tiempos. Marcel Duchamp le pintó bigotes encima.
Por su parte, allí en donde se produce la situación inversa, o sea, en donde hay crítica sin creatividad, acabamos dentro de un arte que acaba por ahogarse dentro de la regla y el canon, por hacerse artificial o artificioso, en donde se confunde el orden y la simetría con la estética. Es decir, un arte estéril e incapaz de transmitir verdadero sentimiento o calor humano. Es la pesadilla del arte neoclásico del siglo XVIII, limitado por un montón de reglas porque se trataba de imitar a los modelos grecorromanos, sin percatarse de que el arte grecorromano de la Antigüedad mismo a su vez había nacido no siguiendo ninguna regla, sino creándoselas por el camino como reacción al arte anterior, llámese cicládico, cretense, micénico, griego arcaico, etcétera. La Pintura neoclásica suele escaparse debido a que los neoclásicos más creativos consiguieron sacarle algún aliento épico, y la Arquitectura neoclásica, como buena guardiana del orden y las formas en los edificios, se ha salvado porque fue la santa patrona de cuantos edificios de tribunales de justicia se construyeron en los siglos XIX y hasta bien avanzado el XX. Pero en general, este arte esterilizado por el ceñirse a formas estrictas acaba por ser igual de poco atractivo que la creatividad sin límites del vanguardismo.

Volvemos así al comienzo. No es necesario haber rodado una película para criticar una película que nos parece mala, y no es necesario haber escrito una novela para criticar una novela que nos parece mala, porque rodar una película o escribir una novela es tener talento creativo, y ponderarla es tener talento crítico. Ambas cosas corren por separado. Puede que se junten en una persona, lo que sería ideal, pero es difícil porque ambas cosas van en direcciones opuestas y tienden a anularse. Por supuesto, el principal crítico del creador debería ser el propio creador, para no partir creando un montón de estupideces, con el pretexto o patente de corso para crear sin límites. Y asimismo, el propio crítico debería tener algún talento creador para no acabar esterilizándose a sí mismo, queriendo forzarlo todo dentro de patrones establecidos, y siendo así incapaz de reconocer los aportes estéticos y los cambios a los que se vean sometidas las artes conforme transcurre el tiempo. Pero este equilibrio es, por supuesto, bastante difícil.

Por supuesto, esto es sólo un primer paso. Tener habilitación para criticar el cine aunque no se rueden películas, o la literatura aunque no se escriban libros, no es una patente de corso para soltar la primera brutalidad que se nos ocurra. Así como el arte debe ceñirse a unas reglas mínimas, que son los trucos del oficio, también la crítica debe ceñirse a una racionalidad mínima. Luego se puede discutir más en detalle los argumentos a favor o en contra de una obra, pero no cualquier crítica es aceptable sólo porque "no necesito haber creado mi propia obra artística para criticar el arte". Porque al final, recordando que la creatividad y el talento crítico son más complementarios que otra cosa, haber creado algo entrega herramientas para una mejor crítica. Como de costumbre, en el equilibrio y la armonía está la respuesta.

El crítico de arte según Norman Rockwell, o de cómo los artistas devuelven con elegancia los golpes de la crítica.

miércoles, 4 de abril de 2018

Los años de Chile (4) - Los mapuches defienden su tierra.

El joven Lautaro, tríptico pintado por, cómo no, Pedro Subercaseaux.
"Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, / le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, / y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. / "¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta. / Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta", / e irguióse la alta frente del gran Caupolicán" - Rubén Darío, Caupolicán.
El afiambramiento de Pedro de Valdivia a manos de las tropas de Lautaro, significó un durísimo golpe para el dominio español en Chile. No es que faltaran colonos o tropas, pero con el caudillo principal muerto, no se hicieron esperar las puñaladas traperas por la sucesión, que en algún minuto incluso amenazaron con guerra civil abierta entre varios militares españoles. Entretanto, Lautaro seguía combatiendo a los huincas invasores. En 1.554 se libró un enfrentamiento decisivo entre Lautaro y el nuevo gobernador español, Francisco de Villagra. En la Batalla de Marigüeñu, un grupo de mapuches debía plantarle cara a los españoles, otro debía flanquearlos, y un último grupo tenía por misión cortarle la retirada. El triunfo mapuche fue aplastante, y Villagra apenas pudo escapar con vida, junto con unos cuantos soldados.

Concepción era la ciudad y base de operaciones más importante de los españoles en la zona de guerra. Sin nada que detuviera a los mapuches, Villagra ordenó a los españoles el abandono de dicha ciudad. La misma, despoblada, fue tomada por Lautaro, quien la arrasó hasta sus cimientos. En 1.555 llegó una nueva partida de españoles para volver a fundar Concepción. Al ver el espectáculo de la destrucción, éstos literalmente lloraron. Además de fundar Concepción por segunda vez, los españoles construyeron un fuerte. Nada de esto arredró a Lautaro, quien volvió al ataque, sin que hubiera terminado todavía ese 1.555. La victoria mapuche fue completa, y Concepción fue arrasada por segunda vez. En medio de todo esto, se dice que Lautaro gritó: "¡Iñche Leftraru, apümfiñ ta pu wingka!" ("¡Yo soy Lautaro, quien acabó con los huincas!").

Pero no era suficiente. Lautaro se daba perfecta cuenta de que no importaba cuántas veces arrasara Concepción; mientras Santiago siguiera en su sitio más al norte, los españoles seguirían enviando refuerzos hacia el sur. Hasta el minuto, los mapuches habían librado la guerra siempre en su territorio, pero ahora Lautaro estaba dispuesto a llevar la guerra al norte, hasta el cubil del lobo. Y emprendió una expedición militar cuyo objetivo era aniquilar por completo a Santiago, y eliminar totalmente a los españoles de Chile. Sin embargo, los caudillos militares que acompañaban a Lautaro, no parecen haber entendido el plan. ¿Para qué extender la guerra tan lejos, cuando los españoles estaban sido erradicados tan bonitamente de Concepción y sus alrededores? Por supuesto, subestimaban seriamente a los españoles, pero era Lautaro quien había vivido entre ellos durante seis años y los conocía, no su gente. Así, mientras más avanzaba hacia el norte, más y más indígenas de su ejército iban defeccionando. Finalmente, mientras acampaban una noche, Lautaro y los suyos fueron sorprendidos por las fuerzas militares españolas. Aquello no fue una batalla sino una masacre: los mapuches apenas tuvieron ocasión de defenderse. El cuerpo de Lautaro jamás fue encontrado. De este modo sucumbió el más extraordinario líder militar que han conocido los mapuches, en el año 1.557.

Y no le inyectaron adamantium porque no se había inventado. Galvarino, dibujado por Juanex (fuente).
Mientras Lautaro emprendía su frustrado asalto por tierra de sur a norte contra Santiago, por mar viajaba de norte a sur un nuevo personaje llamado García Hurtado de Mendoza. Este se había hecho de un nombre guerreando en Italia, y ahora era el nuevo gobernador de Chile, nombrado como solución de compromiso frente a la rivalidad de Francisco de Villagra con Francisco de Aguirre, el antiguo capitán de Valdivia que en su día había fundado La Serena por segunda vez. ¿Quién había nombrado a García Hurtado de Mendoza como el nuevo gobernador de Chile? Pues el Virrey del Perú... que era su padre, don Andrés Hurtado de Mendoza, para que todo quede en familia. García Hurtado de Mendoza llegó con su propio séquito de conquistadores, que incluía a personajes como Alonso de Ercilla y Hernando de Santillán, de quienes ya hablaremos. De inmediato, su gente entró en colisión con las huestes de Valdivia; otra clásica historia de lucha entre clanes mafiosos por ver quién se hace del mayor botín.

García Hurtado de Mendoza ni siquiera se detuvo en Santiago. Decidió seguir a Concepción, y arrostró de inmediato la guerra contra los mapuches. Con métodos increíblemente brutales. Entre las víctimas más conocidas de García Hurtado de Mendoza dentro de la memoria popular chilena está Galvarino, a quien ordenó cortarle las manos, al mejor estilo Jaime Lannister, pero con dos chonguitos a falta de uno, lo que desde entonces ha alimentado la legendaria mala leche del humor negro chileno. Con todo, Galvarino se hizo conocido por su bravura en batalla, incluso manco, aunque con cuchillos amarrados a los muñones, lo que hizo pensar a los españoles que había sido una mala idea dejarle vivo. Finalmente, Galvarino fue capturado en la Batalla de Millarapue, librada a finales de 1.557, y colgado junto con otros mapuches capturados.

Pero el toqui a cuyas órdenes guerreaba Galvarino, era Caupolicán. Su figura ha sido muy realzada en la leyenda, gracias a ser uno de los principales protagonistas de La Araucana, el poema épico de Alonso de Ercilla. Según Ercilla, Caupolicán fue elegido en una prueba de fuerza hercúlea: cargó un tronco de árbol dos días con sus noches. Hecho inédito en la Historia de la Epica, Ercilla no era un aedo que escribiera siglos después y a kilómetros de distancia de los hechos; por el contrario, Ercilla peleó en las batallas contra Caupolicán, y por lo tanto había visto los acontecimientos de primera mano. Sin embargo, no podemos estar ciento por ciento seguros de hasta qué punto Ercilla embelleció los acontecimientos para darles mayor peso literario; lo suyo es un poema épico, después de todo, no un libro de Historia. En cualquier caso, el fuego poético que animó a Ercilla fue heredado por Rubén Darío, quien le dedicó el poema Caupolicán al héroe, en su poemario Azul..., de 1.888.

Estos eran hombres, y no los millennials quejándose de que Disney arruinó Star Wars: Caupolicán probando su fuerza y valor cargando un tronco dos días con sus noches, por Matías Espinoza (fuente).
Pero el Caupolicán histórico tenía menos estatura que el literario. No llegó a tener el mismo calado que Lautaro, en cuanto a líder militar se refiere, aunque justo es reconocer que las sandalias de Lautaro eran muy difíciles de llenar. El caso es que, apenas un año después de la muerte de Lautaro, Caupolicán fue capturado. Para dar escarmiento, los españoles lo ejecutaron de una manera muy Game of Thrones: imitando un método de castigo favorito de los otomanos, lo empalaron. La muerte de Caupolicán ha pasado a ser parte del repertorio del humor negro entre los chilenos, por supuesto. Es habitual en Chile que si alguien rehusa una oferta de asiento, aluda a la ignominiosa suerte de Caupolicán diciendo: "Paradito no más, como dijo el cacique". Con la muerte de Caupolicán, ocurrida en 1.558 como decíamos, ningún otro toqui tomó el relevo, y acabó esa fase del conflicto entre españoles y mapuches. Los españoles volvieron a fundar Concepción una ¡tercera! vez. Y seguirían avanzando hacia el sur, aunque ahora un poco más prevenidos. Porque con una misma ciudad arrasada hasta los cimientos dos veces en años sucesivos, hasta quién no aprende. Digo yo.

No es que lo siguiente añada demasiado a la Historia, pero forma parte del repertorio legendario chileno, así es que mencionémoslo. Una leyenda, quién sabe si histórica o no, reza que Fresia, esposa de Caupolicán, habría ido a verlo cuando los españoles transportaban al guerrero mapuche ahora prisionero, y le enrostró la madre de los discursos, por haberse dejado capturar en vez de morir en batalla. Le cedo la palabra a Alonso de Ercilla, quien en boca de Fresia pone las siguientes palabras (entre otras): "Toma, toma tu hijo, que era el ñudo / Con que el lícito amor me había ligado; / Que el sensible dolor y golpe agudo / Estos fértiles pechos han secado: / Cría, críale tú, que ese membrudo / Cuerpo, en sexo de hembra se ha trocado: / Que yo no quiero título de madre / Del hijo infame del infame padre". Luego de lo cual "(...) colérica y rabiosa / El tierno niño le arrojó delante". No se puede decir que Fresia sea un personaje popular hoy en día, pero de todos modos se la recuerda como heroína mapuche; una comuna en el sur de Chile lleva el nombre de Fresia, sin ir más lejos.

Volviendo a la Historia. En 1.561 murió Alvaro Hurtado de Mendoza, el Virrey del Perú; sin el apoyo de su papito, García Hurtado de Mendoza decidió tomar precauciones. Era lo prudente, porque la gente del círculo de Valdivia le tenía sangre en el ojo a cuenta del trato que les había dado. De manera que viajó a Perú para asegurar su posición, quedando como gobernador interino un guerrero ya cincuentón llamado Rodrigo de Quiroga, uno de los antiguos hombres de Valdivia, famoso por haber desposado a Inés de Suárez la amante de Valdivia cuando el Virrey había ordenado poner fin al concubinato de marras. Pero volviendo a García Hurtado de Mendoza, éste, llegado a Perú, fue sometido a juicio de residencia por sus acciones administrativas; fue el primer gobernador de Chile en pasar por el trance. Sus antiguos enemigos lo asaetearon a acusaciones, y García Hurtado de Mendoza debió usar todas las influencias familiares posibles en la corte española para librarse de ellas. Y lo logró, transformándose así en el ancestro y santo patrono de los poderosos chilenos que por poderosos, terminan por no pagar ni un solo plato roto. García Hurtado de Mendoza viajó a Europa, y volvió a Perú cerca de tres décadas después, ahora en calidad de Virrey. Como dato de trivia, una expedición enviada por el Virrey a la Polinesia bautizó a las Islas Marquesas en su honor, debido a que García Hurtado de Mendoza era Marqués de Cañete. Acabaría falleciendo en 1.609.

García Hurtado de Mendoza, santo patrono de los enchufados en cargos políticos de Chile.
Por regla general, aunque no unánime, las fechas relacionadas con García Hurtado de Mendoza son las que los historiadores consideran para dar por cerrado el llamado período de la Conquista de Chile. Hay razones para ello. Los métodos directos y brutales de García Hurtado de Mendoza habían conseguido mantener a raya a los indígenas. Ahora, el dominio efectivo español en lo que después iba a ser territorio chileno, se extendía desde Copiapó en el norte, hasta el Golfo de Reloncaví, en donde actualmente está Puerto Montt, en el sur (con todo, Puerto Montt fue fundado recién en el siglo XIX, como indica su nombre). En 1.561, por su parte, García Hurtado de Mendoza dispuso fundar una nueva ciudad en los territorios chilenos al otro lado de la cordillera de Los Andes: surgió así la ciudad de Mendoza. Poco después, en 1.567, el español Martín Ruiz de Gamboa anexó a la isla de Chiloé, poco más al sur del mencionado golfo, a la Gobernación de Chile. El territorio se expandía.

El tiempo que, según la periodización creada por los historiadores, iba a venir después de la Conquista era la Colonia. La misma suele extenderse hasta el Cabildo Abierto de Santiago que se celebró el 18 de Septiembre de 1.810, y que es considerado como el inicio de la Independencia de Chile. Con todo, no debemos olvidar que estas son fechas convencionales. En lo personal, creo que una fecha más adecuada para cerrar la Conquista vendría siendo el gran contragolpe mapuche de 1.602. Mientras que el inicio de la Independencia, yo lo dataría más bien en 1.808, por razones que trataré en su momento, claro está. Como de costumbre: esto de los períodos históricos es referencial, pero no debemos tomárnoslo tan en serio. Yo únicamente lo menciono porque ya se sabe lo babosos que se ponen los libros de Historia con respecto del tema.

Es en esta época que comienza a tomar configuración un cuerpo geopolítico que más o menos puede reconocerse como lo que vendrá a ser Chile. El grueso de los libros de Historia de Chile proyectan la historia del país hacia el pasado, como si ya en los tiempos precolombinos hubiera una especie de reconocimiento de lo que después van a ser las fronteras patrias. Lo que por supuesto no es así. Todavía a inicios del siglo XVII, un historiador como el Inca Garcilaso de la Vega, cronista del Imperio Inca, identificaba el topónimo de Chile con un valle. ¿Cuál de ellos? Ni siquiera hay acuerdo respecto de esto. Diego de Almagro parece haber llamado Valle de Chile al del río Mapocho, en donde se fundaría la futura ciudad de Santiago, pero según otras fuentes, dicho valle sería el que está inmediatamente al norte, o sea, el Valle del Aconcagua, en donde se ubica la ciudad de Quillota.

Mapa de la ciudad de Santiago de Chile por Tomás Thayer Ojeda (1.905). Ni comparado con el monstruo de siete millones de habitantes que acapara más del cuarenta por ciento de la población de Chile a inicios del siglo XXI.
Tampoco hay acuerdo sobre el origen del topónimo. ¿Deriva del nombre quechua para un valle parecido que hay cerca de la región de Casma, en el actual Perú? ¿Deriva de un supuesto cacique indígena llamado Tili, como dice el padre Diego de Rosales en el siglo XVII? ¿Deriva de una palabra mapuche que significa "el fin del mundo" o algo parecido? ¿Deriva de la onomatopeya referida al canto del pájaro llamado trile, cuyo nombre en castellano es también una onomatopeya? Con estos antecedentes tan nebulosos, resulta claro que en la época de la conquista no existía ninguna construcción demográfica o cultural que fuera remotamente parecida a lo que conocemos como Chile en la actualidad.

Pero todo eso iba a cambiar a partir de la segunda mitad del siglo XVI, por supuesto. Porque los colonos españoles eran habitantes de una provincia pobre y periférica del Imperio Español, encajonados entre indígenas belicosos al sur, una cordillera difícil de franquear al este, y el océano más ancho del planeta al oeste. Y no olvidemos el Desierto de Atacama, el más árido del mundo, tanto que la NASA lo utiliza como campo de pruebas para los robots que envía al planeta Marte. En este aislamiento geográfico, esos españoles colonos iban a empezar a sentar las bases de lo que hoy en día podemos llamar la chilenidad. Pero no debemos ser tan severos con ellos: aparte de inventar la chilenidad, en contrapartida, los españoles tuvieron algunas cosas buenas también.

Durante las cuatro décadas que mediaron entre la ejecución del toqui mapuche Caupolicán en 1.558, y el inicio de la gran rebelión mapuche que iba a hacerle la vida a cuadritos al gobernador Martín García Oñez de Loyola en 1.598, puede afirmarse que Chile vivió en relativa tranquilidad. Enfasis en el relativo, por supuesto. Los mapuches fronterizos seguían siendo un problema para los españoles, y la guerra siguió adelante, por supuesto, pero jamás al nivel que habían sido bajo el mando de Lautaro. De tarde en tarde, a los españoles les tocaba sufrir calamidades adicionales. Como el paso del corsario inglés Francis Drake, que fue repelido por los mapuches en la Isla Mocha, como lo recrea un episodio de Erase una vez el hombre, pero que luego saqueó el entonces joven puerto de Valparaíso en 1.578. Así como de otros piratas y corsarios que de tarde en tarde se dejaban caer en las costas chilenas. O los inevitables terremotos, seña y marca de identidad del territorio chileno. Pero en general, fueron cuatro décadas de estabilidad, y en las mismas, empezó la erección de la sociedad chilena clasista y racista que tanto amamos toleramos. Aunque eso quedará para la próxima entrega de esta serie que hemos titulado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

La estatua de, ejem... Caupolicán... en el Cerro Santa Lucía, por el escultor chileno Nicanor Plaza. En realidad era una estatua del último de los mohicanos, fue exhibida como tal en Europa, pero acabó siendo entregada a la ciudad de Santiago en el siglo XIX como de Caupolicán. Lo que explica el muy poco mapuche penacho de plumas en la cabeza del personaje.

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